Escapar de la pérdida de visión y de significado

 

Fue una bala certera en la cabeza. Al cadáver le encontraron seis dólares con cincuenta centavos en el bolsillo, y un reloj roto. En la habitación del hotel Mansfield de NY había dejado de sonar Moonlight & Roses cuando el cuerpo, postrado de rodillas ante la cama, caía como glaciar en descomposición sobre unos recortes de prensa amarillentos y unas fotografías viejunas que hablaban sobre su gloria y triunfos. Con el dinero que negoció por su última posesión, un broche, adquirió la pistola que puso fin a su vida el 5 de noviembre de 1927, con 54 años de edad. Patético final para quien fuera considerado el mejor payaso del mundo. Al día siguiente ocuparía portadas en los mejores diarios estadounidenses y de medio mundo occidental, como en tiempos pasados.

Ada Holt (2ª ex), reconoció el cadáver, y declaró a Los Angeles Times: “El mundo olvida pronto”. Así es. Quien fuera la mayor estrella mundial de la farándula (a lo mejor si lo escribimos en inglés, show business, hay quien le preste mayor atención) de principios del siglo XX se despidió de esa manera tan poco formal, adueñado de él el extravío, sumido en la transitoriedad como norma de vida y negocios, y descompuesto por un dolor indecible. Las cosas pasan rápido, y cada época cuenta con sus héroes y amores. Así es la industria del entretenimiento y de lo que no entretiene. No puede parar ni dejar de cambiar. Tampoco se detendrá ahora ante la caída del Circo del Sol ni ante la desaparición y merma de tanto espectáculo. ¡El circo ha de continuar! Pasen y vean…

A Marcelino Orbés (Marceline), natural de Jaca, se ha tardado en reconocer por el gran público cien años. Le rescataría de la amnesia la autobiografía de Charles Chaplin (1993), y un libro sacado en 2007 sobre Búster Keaton. Ambos le citan con admiración y consideración como el más grande de los payasos de su época. En España, Mariano García, periodista del Heraldo de Aragón, es quien nos lo redescubre.

Con la juventud aún no manchada, entró en un circo colocando sillas para la función, y de ahí hasta lo máximo. Viajó por España y Europa, y se estableció en Londres 5 años, donde solo Houdini estaría a su altura. Su aventura americana comienza en 1905, donde entra con un contrato de por vida al Hippodrome (en Brodway) y un salario de $1.000 semanales. Vamos, el Messi de aquella. ¡A su espectáculo asistían más de 10.000 personas diarias! o sea, le vieron millones en todos aquellos años. Tuvo una influencia tremenda, que ya quisieran muchos influencers y youtubers hoy.

El negocio que se creó en torno a su figura comenzaría a innovar en ramas diversas. A su alrededor creció todo un merchandising y publicidad enorme, y múltiples empresas dispares se conjuntaron como un ecosistema. Era requerido en las fiestas sociales, su cara o nombre aparecía en muchos objetos comerciales, se fabricaron juguetes, se editaron tebeos con las aventuras de “El alegre Marcelino”, contó con una escuela de payasos y hasta abrió cursos por correspondencia (no había eso de lo digital). Su ascendencia fue tan grande que se inventó el neologismo, to marceline (marcelinear), algo así como dar la sensación de hacer muchas cosas, pero sin resultado cierto, tal como representaba él en su número.

Entre tanto su fama continuaba, un revolucionario negocio estaba comenzando a asomar. Como un hecho mágico, sobresaltaba a las masas, y además era bastante más barato de producir y de comercializar. Sólo el Hippodrome empleaba a unas 1.000 personas entre artistas y personal entre bambalinas. Con esto queda bastante explicada la situación de tantos éxitos empresariales.

El futuro suele llegar subrepticiamente, sin trapecistas ni bailarinas anunciándolo. El cine se midió con este tipo de espectáculos (y otros) causando un daño irreparable a la industria de la pantomima (y otras). De hecho, no estamos tan lejos de aquellos días, y el intercambio de golpes continua en muchos campos entre lo enlatado y lo vivo, entre el actor de cualquier género material y el que escapa de lo tangible, lo virtual y lo real: el libro, el teatro, el circo, las series, el cine, los juegos, la formación, los eventos, etc. Y de repente los espectáculos como el de Marceline se quedaron obsoletos, sin ser capaces de modernizarse para competir con lo nuevo. Las oportunidades para todos aquellos profesionales y empresarios se redujeron a la mínima. Hasta el local Hippodrome se tuvo que reinventar, y albergaría la nueva creación durante un tiempo. Aquellos años representan un claro ejemplo del Cambio trabajando a pleno rendimiento y sin distracción.

En esa aparición de nuevas formas de jugar a entretener al público, Marcelino supongo valorara las opciones, pero a veces el éxito y la celebridad nos pueden cegar momentáneamente, corriendo el riesgo de quedar como reliquias si no hacemos algo al respecto, y rápido. A lo mejor el orgullo y la vanidad le impidió reaccionar. En estas, uno queda paralizado e incomprensiblemente se aferra a lo de siempre, sin variar un ápice su comportamiento y actitud. A veces también uno sabe lo que ha de hacer, y no puede, por lo que sea. En su caso, tenía un contrato de exclusividad que le impedía rodar películas. O a lo mejor se entretuvo con las típicas mentiras que nos decimos, cuando no tenemos al lado a alguien que nos zarandee: Me va ciertamente bien, ¿qué puede suceder?… seguro la convivencia entre ambos mundos se hará factible, además yo soy insustituible … Así es como nos consolamos y aplazamos decisiones. Pero prefiero imaginar intentaría, a su modo, escapar del sopor y el desvencijamiento del formato gran circo-espectáculo. Estando en el medio, lo vería venir como Kodak y muchas empresas vieron acercarse el huracán.

Escena de la película 'The Mishaps of Marceline', 1915

Escena de la película ‘The Mishaps of Marceline’, 1915 

 

Ante la tendencia bajista del circo, le restringen el contrato en 1912, y decide retirarse. Invirtió en bienes raíces y restaurantes, quedando en breve arruinado. Acostumbra a pasar que un payaso no es un buen gestor. En medio se sabe rodó dos cortometrajes (1915), que no se conservan, con lo que estoy convencido intuía la inevitabilidad del abandono profesional al que se veía expuesto, y en cierto modo intentó adaptarse. Pero las cosas se hacen con convicción o no se hacen. En ocasiones la mayor causalidad de fracaso ante el cambio somos nosotros mismos, nuestra propia resistencia. Es la no aceptación subconsciente. Aquel invento extraño se contradecía con el arte mismo de un artista, ¿cómo hacer comedia, teatro, si no se puede escuchar las risas y la respiración y las miradas de los espectadores? Es la autenticidad y la cercanía lo que aporta valor y fascinación al comediante, al payaso. Es la pirotecnia del público.

En medio de su quiebra económica, volvería a los escenarios, cada vez más como segundón y cobrando miserias, reduciendo su espacio poco a poco hasta acabar en pequeños tinglados y tabernas. Con la desaparición de su mundo, de su trabajo, de su profesión, se iría consumiendo despacio, dejando atrás trozos de piel en dignidad, en identidad, … arrastrando esa conmoción de la pérdida sin contar con nuevas posibilidades. Hay que encontrar ideas, valor y algo más para salir de un socavón. Lo cierto es que Marcelino, ni se adaptó ni se reinventó, y quizás ni percibió el futuro hasta que se le echó su sombra fría encima. A veces el cambio viene tan de fuera de nuestro entorno y/o sector, como de la nada, y es tan ágil, que no te da tiempo a preparar el contragolpe. Lo que me incomoda son los redentores y los contadores postverdaderos, que además quieren hacer teorías generales y únicas, que no existen. Y lo que me fascina es cuando lo ves venir y no haces nada. Ya no es imposibilidad, ni indiferencia. Es como dejarse arrastrar sin resistir, y que te aspire el ojo del ciclón. Es la bala que encuentra el cerebro del suicida.

De repente, Marceline se volvió confundible, uno más entre la masa. Alguien transparente que no pudo soportar esa pérdida de significación ni encontrar una nueva visión. Es el constante desafío de la ley de la gravedad y la transitoriedad. Acabó como empezó, muchos años después de su llegada a Coney Island como un casi desconocido, enterrado en el cementerio de Kensico, sin lápida ni placa que le nombre, pero desde donde, en el mejor de los casos, hasta allí le llegue algún eco y risa del cercano y caliente Brodway. ¡Que el espectáculo no decaiga!

Roberto García Casado  (©) 2020  _ Dentro de Ensayo del Olvido (12/..)

Director de Casado & López Consulting. Conferenciante.

_Vila-seca, 10.07.2020_ (corregido Cudillero, 22.08.2020)

rgcasado@cilconsulting.com

 

 

PD: Este año 2020 se estrenó el docudrama Marcelino, el mejor payaso del mundo, dirigido por Germán Roda y protagonizado por Pepe Viyuela. Quizás ahora se consiga dinero suficiente para un homenaje póstumo, colocar una lápida y placa a su tumba, y se haga mientras un organista toque Moonlight and Roses, su canción favorita.