Jugando a palabras ../ ..

Ayahuasca, Corrupción y Cambio

La lucha por la apropiación y dotación a determinadas palabras con una cierta significación especial y para un fin, es una práctica habitual en el mundo de las empresas y en otros. No es ya un slogan o una frase sino asociar a determinada marca, producto o servicio una palabra que defina y atraiga con ello clientes es una guerra inacabable. Reputación, liderazgo, seguridad, medioambiente, transparencia, y un largo etcétera son barajadas, elegidas y colocadas en la mente de los consumidores. Ya sabemos que cuando uno ocupa esa posición, desbancarlo es complicado, de igual modo que lo es el salirse de ahí. Probablemente la palabra cambio sea de las más vistosas. El cambio es el ungüento mágico, un compendio del todo que todos quieren poseer, las empresas, los partidos políticos, las organizaciones, los gobiernos, incluso las personas individuales. Nos dejamos seducir por el cambio, hablar de él, que se nos asocie, apoderarnos. Somos partidarios del cambio porque eso nos otorga el don de siempre estar en movimiento y actualizados. Es una entelequia, una idea fabulosa de aureola inquietante. Nos adscribimos a él por necesidad u obligación, por decisión propia y meditada, por moda, o por hipocresía.

El cambio en sí cuenta con un reflejo en la utilización no sólo del fondo o de la imagen sino también de la lengua. Su reflejo busca siempre acoplamientos y modificaciones lingüísticas, semánticas y de otra índole; y algunos se traducen en términos eufemísticos. Estos cambios en el lenguaje vienen determinados para salvar el golpeteo asimétrico de variables sociales, como el sexo, la diferencia intergeneracional, el nivel económico, condicionantes socioculturales…, e igualmente nos invade los préstamos de una lengua a otra, y con fuerza la influencia tecnológica e incluso religiosa. Hablar lo último es estar en la onda, es estar con el cambio.

Así pues, empleando la palabra mágica de cambio y presentándonos con una imagen renovada y hablando un poco de otra manera podemos salir nuevamente en sociedad como personas, gobiernos o empresas que hemos llevado a cabo un giro para mejor en bien de nuestro público, cualquiera que sea; y también internamente. Hasta los ladrones y depravados se acogen. Hemos cambiado porque hemos visto la luz! Aunque en el fondo nos gusta más que cambien los demás, no nosotros, que ya lo hacemos bastante bien todo.

Diógenes es un prototipo curioso. Sabemos acabó en una tinaja y rehuía las pertenencias. Nacido en Sinope (412 a.c.) e hijo de un banquero, Hicesias, durante un tiempo se dedicaron a fabricar monedas falsas y ponerlas en circulación. Ambos fueron desterrados por ello; pero aún años después se gloriaba de haber sido cómplice de su padre. Sin duda este suceso prefiguró en cierto modo su vida y su transfuguismo personal. Recupero de este personaje “corrupto” su idea de la falsa moneda de la moralidad, como la que debía hacer con su padre, esto se traduce en: En vez de cuestionarse qué está mal realmente, la gente se preocupa únicamente por lo que convencionalmente está mal. Ahí queda. Así pues, ¿quién no tiene derecho a cambiar y a ser perdonado? Los tiempos también cambian y podemos hacer jueguen a nuestro favor.

La corrupción requiere de un pastel y de sobras, de personas predispuestas y con ambición individual, y de una cultura propicia. No es cuestión sólo política. En la empresa sucede lo mismo, pero se tapa e intenta no trascienda demasiado, por aquello de la reputación, la marca, cuotas de mercado y demás bagatelas que ya sabemos. Pero los delitos de cuello blanco, el lavado de dinero, el soborno, el fraude financiero y de proveedores, el pirateo de patentes o investigaciones, los comisionistas ocultos, el robo de clientes, de materias, de estrategias o de personas, está al orden del día. De lo más curioso!, el robo como algo común a los intereses de la misma empresa, como que sin expolio ni engaños no pudiera sobrevivir. Y es cultural porque somos todo lo malos que nos dejan las organizaciones y la sociedad en sí, que premia en ocasiones dicha conducta. Visto así, una empresa parece más un rojo objeto de deseo insano, de ansias por la autodestrucción interna, que un generador de rentas económico-sociales. Piense en las emisiones de Vollkswagen, por ejemplo. Y cuando nos pillan reconocemos los hechos y prometemos cambio. Siempre cambiamos cosas, la dirección de la empresa, al entrenador del equipo, el logo que nos representa, la música… cambiamos lo que sea para mantenernos y ganar, aunque la esencia siga en nosotros. Lo importante es la imagen que proyectamos hacia el mercado, y que no nos penalice, o lo mínimo. Reinventamos el lenguaje del perdón, de los valores y de la conciencia! Y hay que ser valientes para mostrarse dulce en la amargura, y conmover.

Más cercano en el tiempo que Diógenes es Marcos Benavent (ese “yonqui del dinero”), de la trama valenciana de corrupción que tras su conversión casi bíblica denuncia y habla sin tapujos y señala a los miembros de esa “organización criminal”. A diferencia de Diógenes este vió la luz en un viaje iniciático a la amazonia en un ritual chamánico, degustando el ayahuasca, de sabor amargo y ácido. Ayahuasca es una palabra quechua que significa “liana o soga de los espíritus”, y mezcla en su cocción el ayahuasca y la chacruna. El brebaje actúa sobre la conciencia para reequilibrar a la persona. Viajas a la armonía guiado por un chamán. Así parece reencontró Benavent su alma descarrilada. Pero el cambio para ser mejor persona, o al menos otra persona, guarda poca relación en quienes te conocen de atrás. Etiquetamos y nos olvidamos por comodidad, fijamos en un marco a las personas y a las cosas, e intentamos no mover mucho el cuadro. Es tan sencillo etiquetar! ¿Sólo tenemos derecho nosotros a pensar o actuar de otra manera y seguir siendo coherentes? Pero a la sociedad en general le gusta los arrepentidos, esos personajes recuperados y llenos de corazón!, como los ex alcohólicos que ahora hacen el bien, a los ladrones que nos aconsejan sobre la honestidad y otras virtudes; aunque seguimos estigmatizando otros pecados y otros arrepentidos. Esa cierta atracción por los malos nos sigue ensoñando, como esa hermosa practicidad de los vestidos que se quitan y se ponen ante los deseos irreprimibles de los amantes, o como la ayahuasca. Y ante tamaña evidencia de sanitud no podemos nada más que proponer suprimir las máquinas de café en las empresas y ministerios, y por favor pongan un chamán sirviendo la experiencia del ayahuasca; es una ceremonia que bien podemos ya incorporar a los planes formativos.

Roberto García Casado

Publicado en Indicador de economía, julio 2016