Politeísmo

Como sabemos, a Liu Xiaobo, disidente chino recientemente le han concedido el Premio Nobel de la Paz. No es la primera vez que le conceden un Nobel de estas características a una persona de la “periferia” de un sistema “X”. El presidente chino Hu Jintao y la cúpula política del país ha montado en cólera y entienden que es una injerencia imperdonable en sus asuntos internos. Hasta ahí es la noticia, y nada nuevo.

El revuelo continuo en temas como los derechos humanos, la defensa de grandes valores, los principios que ha de regir no sé qué, es también objeto de discusión entre países y culturas, ya lo vemos. Pero parece que se atemperan cuando nos jugamos dinero, posicionamiento, relevancia, … y entonces no parece nos importe tanto esa cosa de los valores, o bien los justificamos de alguna manera, o simplemente cambiamos de parecer sobre un asunto. El ser humano cuenta con esa extraordinaria capacidad, por ejemplo repite una mentira mil veces, y mejor en voz alta y cuéntalo a todo el mundo, y ya verás que se vuelve verdad; es mágico.

En el tema de Liu Xiaobo las naciones han empezado a no ser tan beligerantes (a lo mejor si en vez de China es otro país, pues eso), y están entrando en una especie de karaoke de empatías, a entender otro tipo de razones. Imaginemos a Francia que no matiza ni toma partido al respecto (con lo defensora y valedora que es siempre), pero sí que estos días han firmado un contrato más que millonario con China. ¿Casualidad?

Da la sensación de existir una acomodación per se, cuyo nudo gordiano quizás no sea la incoherencia, el compromiso, o la honestidad, sino el sobrevivir y el adaptarse (y la pasta). Así visto, no parece tan imperdonable la falta de estos conceptos/valores mencionados. Creemos vivir en un mundo transparente y demasiado frágil, donde nada nos va a hacer cambiar las realidades, ni las crisis que vivamos, ni siquiera la fugaz y la desprejuiciada mirada de los adolescentes, la candidez o la bondad de determinados blog y webs y asociaciones y ONGs, o la sobre-información que nos hace pensar que sabemos todo y desconocemos que esto no es igual a más conocimiento ni a más libertad.

Exactamente, vivimos en una sociedad muy abierta, más individualista si cabe, con más dioses si cabe, donde el Yo tribal, multired, travestido, con más identidades y valores que nunca, sobrevive y es especie común. Lo difuso, variopinto, mestizo parece triunfar. ¿Ser a la vez un burgués y un friki? ¿Ser a la vez un religioso y un pederasta? ¿Ser a la vez un marido y un polígamo? ¿Ser a la vez un peón en la empresa que sea y un gerente de un club de futbol en el pueblo que sea y un vendedor en Facebook …?… ¿Cómo se comporta pues este Yo en sociedad, en las empresas, en los círculos donde se mueve? ¿Cuántas realidades podemos vivir simultáneamente y con qué tipo de valores (diferentes o cambiantes)? …

El pasado día discutíamos en una sesión de trabajo en una compañía este tipo de conceptos: ¿Tiene algo que ver los principios con la practicidad?, ¿Cómo son los valores en el mundo de los negocios?, ¿es importante la enunciación de unos valores en la empresa versus cómo se corresponde eso con cómo se conduce una persona en la misma?, ¿qué tipo de cultura organizativa deseamos?, ¿cómo es la imagen, o la toma de decisiones bajo los valores que decimos son “nuestros”?, y preguntas por esta línea que intentábamos traducir a conductas y comportamientos concretos.

Ya sé que en ocasiones hemos de defender ideas que van en contra de lo que pensamos o sentimos, o que no compartimos posiciones con el equipo, pero hemos de hacer de tripas corazón, o que cuando negociamos una compra o una venta pues decimos o hacemos hasta cosas distintas. Sobrevivir es así.

Quizás vivimos engañándonos pero sabiéndolo, y por esa consciencia ya estamos salvados, tal un juego. O bien nos protegemos con algo que se llama disonancia mental. La disonancia es un concepto introducido por Leon Festinger (1950) y que se resume tal que así: A la hora de justificar o explicar las cosas, las personas seleccionamos los argumentos que mejor respaldan nuestras creencias y conductas, sean las que sean e incluso si cambiemos luego de parecer. Se trata pues de un mecanismo de defensa que tiene por objeto principal preservar la autoestima, la integridad emocional y el perfil social. Un gran invento, ¿verdad? Además, nadie ve en su conducta algo deleznable, solo en la de otros. ¡¡Sólo faltaría!!

Es este el mundo en que vivimos, y ayudamos a fabricar, bajo el paraguas del dios que nos interese. John Kenneth Galbraith dejó escrito: “asociamos la verdad a la conveniencia, a lo que mejor concuerda con nuestro interés, bienestar o promesas personales para evitar grandes esfuerzos o los poco gratos trastornos de la vida”. Un poco más allá S.D. Levit (en Frakonomics) “engañar es una acto económico primitivo: obtener más a cambio de menos”, o sea que “algo que merece la pena tener es algo por lo que merece la pena engañar” (W.C. Fields).

… o cómo es esto?…

Publicado en el blog de Casado & López, 28.10.2010