Il Braghettone

Roberto García Casado cuestiona, a partir de una metáfora sobre los retoques a la Capilla Sextina, la tendencia irracional a cambiar cosas que es habitual en muchas empresas. A menudo, hay aspectos de una organización que, a pesar de rayar la perfección, se modifican simplemente por la irresistible tentación de cambio de los directivos. Y no siempre con buenos resultados…

Es cierto que cuando llegas a la Capilla Sixtina vienes de un recorrido con mucha enjundia y la sorpresa es menor; menor también por las fotos y la historia de las que ya te has empapado. Aún así el pasmo, en la quietud movida de la belleza, lo envuelve todo. No transcurre el tiempo. 

Este verano, observando la obra me preguntaba: ¿Qué sentiría Daniele da Volterra cuando le proponen tapar las vergüenzas de las figuras de Miguel Ángel en el Juicio Final? Aquellas obscenidades desnudas que ¿cómo iban a ser propias de lugar tan santo? ¿Qué sucede cuando te enfrentas a algo perfecto, y además bello?

Por encargo del papa Clemente VII y más tarde confirmado por Pablo III, Miguel Ángel aceptó pintar en la pared del altar de la Capilla Sixtina el Juicio Final, iniciado en 1536 y finalizado en 1541. Tuvo grandes detractores ante los dibujos y las formas que iba adquiriendo aquello, y sobre todo su final descaradamente humano y tan desnudo. Aquel final señalaba claramente el inicio de las intrigas y los politiqueos, la creación de lobbys a favor y en contra. Los detractores, personas dignas como el Cardenal Carafa, Monseñor Cernini, Biagio da Cesena (maestro de ceremonias del Papa), etc., orquestaron una gran campaña propagandística para que el fresco aquel fuera eliminado. ¿Pretendían exorcizar al artista o a su creación? ¿Reconocían belleza pero imperfección, o sólo veían demonios e inmoralidad? Hay en ese mural una pequeña venganza de Miguel Ángel (perdón, una licencia del artista), pintó a Biagio da Cesena como el juez del infierno, y me contaron que cuando Cesena se fue a ver al Papa para quejarse, el pontífice respondió que su jurisdicción no incluía el infierno, y ahí está su cara para que la veamos y la recordemos los mortales.

Supongo Miguel Ángel además de desplegar toda su técnica, fuerza y talento, quería contarnos su historia de cómo él entendía ese día, y también complacer y conmover, llevar a quien viese y leyese su obra a no descartar la posibilidad de la existencia de alguien superior, al menos sino creías sí que te dejaba la duda de su existencia. La pintura construye su mundo, coincidente o no con el real. Cuenta una historia que se superpone para al final pasar del mito a la realidad, o inversa, pero tendente a confundir y que en el mundo de los deseos quede aquello para lo que fue creada. Llevando al cambio, no admite cambios su formulación. Y su interpretación es una. Así es el secreto del Juicio Final, de las catedrales góticas, y ahora la de Gaudí. El artista consigue que creas, que veas lo inexistente. “El arte no reproduce lo que vemos sino que nos hace ver” (Paul Klee). Un bonito paradigma que se aplica en el management, por ejemplo a través del storytelling.

La belleza nos inspira confianza, y si es perfecta, ¿cómo vamos a no dejarnos seducir por ella? La genética es así, estamos construidos para ser seducidos, que le vamos a hacer. No te deja inmune, o nos hipnotiza, contemplativamente hablando, o nos lleva a la acción. Esta es una bonita analogía que me encanta por su enganche tan tremendo con la empresa.
Y sin embargo, aún en la armonía o en su mansedumbre (que también mueve el mundo), cuando entras a una empresa es como si tuvieras por obligación que hacer algo, cambiar cosas, no ya conservar. El deseo actúa en el sentido de conquista, mantenimiento y ampliación, y en ese orden. El deseo impulsa a que deconstruyas, no tanto a perdurar sino a extender, lo que implica modificar la obra del antecesor; o sea en dejar tu huella. Las herencias son pasajeras y se malgastan o se triplican. Es de sentido común que en las distintas etapas de las empresas ha de haber conservantes y renovadores, si bien en el mundo organizacional parece que hemos de estar cambiando continuamente, o de lo contrario te atrasas o mueres. ¿Dónde están los que se niegan a llevar cambios continuamente y sobre todas las cosas?

En ocasiones es mejor apostar por otro tipo de entusiasmos, como es concentrarse en la quietud, o en el rigor, o en otros valores y diferenciales para seguir en el mismo punto. Luchar contra el deseo de cambio es voluntad resistente, y enjuiciar bajo su efecto provoca, habitualmente, deformaciones. Mejor distanciarse y responder: déjame pensar si el infierno está en mi jurisdicción.

Destruir una obra de arte no cuenta con secretos complicados, basta con bombardear unas esculturas (demasiado caro) o quemar un libro (más barato), o repintar un trozo de pared, y contar en tu bando con unos cuantos seguidores engatusados o entusiastas. Como se ve, en el arte también juegan sistemas políticos, comunicación marketiniana,… que no deja de ser otro símil en esta historia que cuenta con multitud. En las empresas igualmente se trata de descubrir a los Carafa, Cernini, Cesena… personajes más preocupados de sí y sus prejuicios que del valor de las acciones, que dejaron que el Juicio Final presente hoy unos ropajes añadidos que contribuyen a desvirtuar toda la obra original del autor, no solo compositivamente sino también desde el punto de vista del color.

En 1559 el papa Pio V, otro manager que tenía que dejar su huella, le encarga a Daniele da Volterra que cubra los genitales del fresco. Al artista este trabajo le hizo ganarse el sobrenombre de “Il Braghettone” (“El Pintacalzones”). Este pintor estuvo en el círculo de Miguel Ángel, fue discípulo, y murió al cabo de unos años sin completar dicho proyecto, que seguro le tocó mucho los cojones. La vida del artista es muy dura. Silencio.

Publicado en Indicador de economía_febrero 2014