Redefinición psicológica

En El Principito el hombre de negocios está muy ocupado contando estrellas, además nos enteramos de que son suyas, apenas si le escucha y le responde la mayoría de las veces con vaguedades. Al final de su conversación con esta persona, el Principito le explica todo lo que posee, una flor, tres volcanes, y le explica lo que hace con o para ellos, y concluye: “es útil para mis volcanes y es útil para mi flor que yo les posea. Pero tú no eres útil a las estrellas…”, ante lo cual, “El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta y el principito se fue”. Esta es la historia en la que Antoine de Saint-Exupéry narra la visita de El principito al cuarto planeta. Cojamos sólo tres puntos, el hombre de negocios está muy ocupado, no escucha a El principito, y desconoce la utilidad de lo que hace.

En ocasiones algún empresario nos pide ayuda para enfrentarse con éxito a un crecimiento de su organización, y hacer que aumente el número de sus estrellas. Este es un bonito ejercicio o encargo con múltiples parámetros, muchos de los cuales se interrelacionan. Tras el análisis y diagnóstico previo planteamos distintas sugerencias, quedando claro que siempre hemos de empezar a trabajar por él y con él. La máxima dificultad estriba en la mente y forma de gestionar. Todos y cada uno de nosotros sólo podemos controlar (y saber) un limitado número de cosas, así como vemos el mundo de una manera que nos condiciona. El cambio de creencias, el crecimiento, la diversificación, la redefinición de modelo, … son en sí dificultades psicológicas más grandes que la capacidad que podamos esgrimir en cuanto a recursos financieros, tecnológicos, maquinaria, …

Habitualmente las opciones giran en torno a quedarse como está y no complicarse la vida, ya está bien siendo un bonsái; otra es que le ayudemos a encontrar una empresa (o persona) que le compre el negocio y él dedicarse a jugar al golf o lo que considere; o un inversionista que invierta en el negocio, pero con unos órganos de gobierno bien definidos y esta persona se dedique, por ejemplo, a la cosa comercial, que por otra parte normalmente no hay quien le iguale; o apartarse de la gestión del día a día y buscarle un gerente profesional; etc. Pero de lo que no cabe duda es que la conciencia de que alguien está en su límite cuesta asimilarlo, máxime cuando se es el artífice de la criatura. Lo cierto es que a veces, aunque nos lo adviertan personas de nuestra confianza, no lo entendemos, y hasta corren el riesgo de ser despedidos, eso si no se van ellos antes como hizo el Principito.

 

Publicado en Indicador de economía, junio 2004