El equipo y las neuras (dinámica de grupo)

Se lo dije a Claudio, el equipo no es esto. Yo vengo de una empresa donde el equipo funciona bajo otros prismas. –se produjo un silencio unos instantes, luego añadí como un pensamiento interno- ¿Quién fue el que dijo que la fuerza de un equipo está en su eslabón más débil?

Mi mujer me miró habituada ya a no oírme, a mostrar la expresión de mirar sin enterarse, de fingir escuchar y asentir con la cabeza mientras hojeaba una revista. Estaba indignado, y ella no se daba cuenta. La temperatura me subía por momentos.

¿Me estás escuchando? -insistí, y ella mueve la cabeza en señal afirmativa, lo cual me indica que ya sé que está escuchando a ratos, o escucha lo que quiere-. Siempre pasa lo mismo contigo, casi nunca me escuchas.
Sí que te escucho, y te comprendo -me sonrió mirándome a los ojos.

¿Comprender?, ahora caigo que acaba de leer un libro sobre la comunicación, empatía, asertividad, y todas esas cosas, y sabe perfectamente el qué y el cómo decir, aunque no lo aplique; o sea parecido a lo que ocurre en algunas empresas. Únicamente la espeté que era una hipócrita, una egoísta, y estuve el fin de semana que casi no volvimos a dirigirnos la palabra, sin duda ella se lo había buscado. Lo curioso es que parecía encantada!

El lunes llegué a la oficina feliz por escaparme de las garras familiares, dispuesto a empezar la semana con fuerza.

Tan solo después de dos meses en esta nueva empresa ya tengo la urgencia de irme. Intento luchar contra la sensación de haberme precipitado en el cambio, de haberme creído fácilmente el proyecto que me vendieron (o yo compre). Al sentarme en la silla, me quedé unos minutos meditando en mi mujer, supongo lleva años sufriendo todos mis problemas y neuras laborales, ¿acaso no sé mantenerme impermeable en algunos momentos o ante determinadas situaciones? Ella también trabaja (trabaja fuera y en casa más que yo), y no me viene con paranoias, salvo rarísimas veces. En el fondo admiro esa cualidad de no contagiarme con sus problemas, de saber salvaguardar en cierto modo su esfera profesional para preservar nuestra familia. Como un buen líder que impermeabiliza determinadas conductas de sus superiores, determinados problemas que no es aconsejable traspasar al equipo.

Al rato volví al lunes por la mañana, y a Claudio, cómo no. Él es una persona que está en el organigrama a mi mismo nivel. Independientemente de este detalle lleva años en la compañía, cosa que en cierto modo otorga una ventaja, al menos frente a los recién llegados. El viernes volvió a repetirme aquello de: “Jaime, tú no eres quién para decirme el qué. Aquí las cosas funcionan como funcionan, a ver si te enteras, que ya llevas dos meses”.

Y mi proyecto sigue parado por la falta de unos datos que ha de facilitarme. Yo se los he pedido en diversas ocasiones. Después de todo en el último comité de dirección (un comité lleno de individualismos y regado de desconfianza), habíamos acordado unas acciones muy concretas y unos plazos, asignando responsables de ejecución, tal y como yo mismo propuse.

Buenos días, Jaime -me sacó de estos pensamientos el director general-¿Cómo ha ido el fin de semana?
Estupendamente, le respondí con la mirada más sincera que pude.
Bien. Mira te traigo estos listados donde encontrarás los datos que te faltan para acabar tu informe.
Muchas gracias, Eduardo, le respondí. Miró hacia mi mesa y sonrió, luego se despidió. Justo cuando salía se me ocurrió preguntarle – ¿Cómo es que Claudio no me ha entregado él mismo esto?
Ah, no te preocupes, he venido yo el sábado para hacerlo; fue un momento. Hasta ahora. -Y salió con sus prisas habituales-.
Sí, gracias, le respondí.

Fantástico, pensé, aquí las cosas se hacen de esta forma (¡a ver si me entero!). Incumplir plazos todavía lo podía asimilar (aunque no), pero que Claudio no hiciera lo que se esperaba era muy desagradable –aunque se trate de un igual yo tengo derecho a exigirle, ¿o sí?-; pero delegar hacia arriba ya era algo tremendo. Para rematar, la connivencia con la que se conducía Eduardo me tenía por entero desconcertado.

Al llegar a casa se lo conté a Margarita. Noté que ella estaba en mi abdomen, con su silencio y sus ráfagas. Apoyado en el marco de la puerta y de brazos cruzados la observo planchar. En el fondo me encuentro pequeño, y ella me sonríe.

No entiendo por qué tienes que complicarte tanto la vida, disfruta, simplemente eso.
A veces no comprendo…, -susurro en un hilo de voz.
Pues eso, no puedes cambiar en dos meses de empleo. O adáptate a su cultura y déjate llevar, o ten humor y mucha paciencia y habilidad para intentar cambiarlo poco a poco, … o al menos en tu área y con tu gente.

La miré indiferente e inconmensurable. Ella siempre con sus simplicidades y certezas.

 

Publicado en Indicador de economía, noviembre 2005