Comunicando ambigüedad (jugando a palabra III)

Sabemos que cuando sobran las palabras, sobran; lo vivimos en determinados hechos, acontecimientos, situaciones, ausencias, … que nos sobrepasan tanto que no podemos más que claudicar ante lo evidente. El lenguaje se transforma en una mirada, una mano, un.., y basta!, ya lo hemos dicho todo. Cuando F. Nietzche escribe “y aquellos que fueron vistos danzando fueron vistos como locos por aquellos que no podían oir la música” habla un poco de eso, y señala otros temas, como la intención de comprender, cosa que no podremos alcanzar si desconocemos el momento, la emoción, el marco compartido. Caso contrario, presuponemos, o entendemos bajo nuestros prejuicios, o lo inventamos, o aplicamos lo que nos interesa.

El sobreentendido es distinto, claro, es como decir riendo “no adivinarás nunca quién viene a la presentación esta tarde”, y naturalmente que lo sabes, no sólo por el tono, el momento, o que dos negaciones es una afirmación. El sobreentendido, unas veces es como el refrán de a buen entendedor, pocas palabras basta, y en otras se acerca más como un sabotaje o como la cobardía. Si bien es cierto que muchas características de la lengua oral y escrita empresarial descansan en sobreentendidos. El ahorro gana aquí también de largo. Su significación última se completa (o cree quien lo emplea) con elementos paralingüísticos y culturales, y si con eso no basta pues siempre cabe la adivinación, que es cosa de descubrir lo desconocido o lo oculto, pero a saber con qué medio mágico, y qué miedo a veces los resultados. La esencia de esta comunicación sólo es posible cuando se comparte el mismo código o se está en la misma onda; y el tiempo juntos juega a favor de ello. Sin embargo no siempre es así, aun compartiendo la misma onda, en determinados instantes, uno puede estar apabullado de trabajo o con la mente dividida, por eso el directivo ha de cerciorarse que se entiende lo que se entiende ha de entenderse. El sabotaje en esta línea cuenta con herramientas, y se acerca un poco a lo que describe la teoría de la estupidez funcional, anunciada por Alvesson y Spice. La cobardía, por el contrario, actúa más en el sentido de no atreverse a decir según qué cosas, sobre todo en el momento correcto; entonces utiliza eufemismos o simplerías; es como no querer ver la cara, o decir las cosas en un grupo a ver si el interesado se da por aludido, o enviar un correo o un whatsapp. Enfrentarse a determinadas conversaciones en ocasiones al mando le da pavor. Hablar a medias deja mal sabor y no es productivo, incluso cuando ya no interese el interlocutor o lo estés echando, incluso ahí, despedidas confusas y medias palabras, dejan en una posición de entredicho a esa persona pero también habla de cómo una organización se relaciona con su gente, y esta toma nota de cómo comportarse o devolver el trato. Se dice que siempre has de tener amigos, incluso en el infierno, así pues no nos confundamos ni protejamos en el “uy, creía te habías dado por enterado”.
La utilización de expresiones como “se sobrentiende, no debes decírselo aún”; o “esta conversación se sobreentiende, es confidencial”, rompe la regla del sobreentendimiento. Tampoco es cuestión de hablar y hablar; hay personas que con un poco de espacio y tiempo.., no veas!. Ya lo dijo Quilón de Esparta (uno de esos 7 sabios griegos): “No permitas que tu lengua corra más que tu inteligencia”, y no es sólo por hablar en demasía sino que a veces pensemos demasiado rápido y creemos que los demás nos siguen, dando por supuesto que saben de lo que hablamos.
Quede claro que el sobreentendido no es la ambigüedad, este otro invento puede entenderse de diversas maneras, y que también mayormente da trastorno. Ese “ya lo entiendes” sin opción a réplica, o “sí, haz aquello de aquel día” y te das la vuelta, es confuso. Es como escribir “Ernesta se bajó del coche inestable antes de entrar en la reunión”, que ya es mucho decir. La colocación justa de una palabra o la utilización de una coma pueden cambiar el sentir de lo escrito; y cuando hablamos aún es más divertido.
En la ambigüedad la adivinitis vuelve a ser un problema. Así es como muchos directivos parecen hablar a su equipo. No es utilizar la metáfora o la narración para inspirar, es envolver la información en un halo de incerteza y misterio, al mismo tiempo que puede llevar parejo intenciones ocultas, y los más desconfiados y los más precavidos sacan conclusiones rápidamente. El disfraz salvaguarda la autoría. El lenguaje ambiguo deja de informar y evaluar al mismo tiempo; y ante la duda del qué quería decir cuando dijo..?, hago lo que creo o lo que me es más cómodo. ¿Volvemos, pues, a temas de inseguridades, sabotajes, miedos, .., o es por dejadez y vagancia? Es posible en ocasiones se busque la intencionalidad porque con ello dejamos más espacio y libertad a los subordinados para que tomen iniciativa, responsabilidad y crezcan, favoreciendo la acción reflexiva y crítica de nuestra gente; pero también he escuchado, y esto es literal: “cuanto más confundas a tus subordinados más listo parecerás ante tus superiores”. Casi nada!.
No estoy diciendo que como técnica no haya de utilizarse en determinados momentos, muy útil en política o en negociaciones, por ejemplo; pero poco práctica en el mundo conversacional en general de cualquier organización. Las ambigüedades, medias palabras, e incluso contraordenes ilustran una forma de ser de las compañías, a veces sin desearlo. Evitar los malentendidos de una comunicación mayormente ambigua y sobreentendida es una labor del manager, que para eso se pasa casi todo el día hablando, y con ello muestra e imprime carácter. Más claro no se puede ser, o como este lenguaje universal de “se hace así porque yo lo digo”, o sea por no decir por mis cojones, que lo entiende todo el mundo. Pero es tan útil no abandonar esta práctica de comunicar ambigüedad, que imagina una mañana se produce un gran problema, pues eso: siempre nos queda aquello de “ya te lo dije”; y esto resulta tan exculpatorio y genial…!
Publicado en Indicador de economía, febrero 2016