Oráculos

Los pueblos antiguos eran muy aficionados a las artes adivinatorias, y solían acudir a los templos para consultar sobre su futuro. ¡Qué halo de misterio e incertidumbre tan extraordinario! Buscar interpretaciones en la ambigüedad con la que siempre responden los oráculos – desde que el mundo es mundo – da pie a todo tipo de decisiones. Decisiones a las que luego buscamos intencionalidades, razonamientos, más justificaciones que excusas, y menos enseñanzas. Buscar interpretaciones a lo que sucede también es bucear en nuestros deseos. El deseo de que las cosas sucedan de una manera nos inclina a pensar así, decidir así y actuar así.

… Y esa es la finalidad última de los impactos que recibimos; conviene no olvidarlo.

Decidir significa matar posibilidades, y se hace por convicción, por descarte o por instinto. Ante esto, la pasión exacerbada parece no ser buena consejera en la toma de decisiones; basta con leer a Dan Ariely en De las Trampas del Deseo, cuando se pregunta en uno de los capítulos: ¿Decidimos lo mismo cuando estamos sexualmente excitados que cuando no lo estamos? La excitación acude de los mismos intestinos y en ocasiones del corazón. La ligazón de los deseos más primitivos y nuestras motivaciones, nos llevan a la acción del YA por encima incluso de objetivos a largo plazo, hacia la frontera de la gratificación rápida y muchas veces menor.

La templanza griega sigue siendo una virtud, que en la empresa puede traducirse en equilibrio emocional. Y la prudencia, en su verbo provideo, ver de lejos, ver antes que los demás, organizar de antemano versa más sobre el futuro que sobre el presente, establece las conductas futuras, ordena situaciones que han de acaecer sin que sucedan por azar, acciones a ejecutar, y principios (no posiciones) que mantener. Pero esto va en contra de la rapidez; y la acción, mucha más acción, no nos deja tiempo para pensar, madurar, traducir nuestras historias. No vemos cordilleras sino montañas aisladas, y cuando esto sucede e iniciamos algo, en ocasiones una vez empezado ya no hay forma de pararlo. Hay que pensar, como en el ajedrez, lo que puede pasar si hacemos algo o lo que no puede pasar… las cosas que suceden después ….

Un directivo toma decisiones constantemente, interrelaciona pocas o múltiples variables e (des) información, reconstruye posicionamientos…, bajo la presión del tiempo y de recursos limitados. Con todo, hay algunos que hasta buscan significado y valores en ello, mensajes que lanzar a él mismo y a los demás, para después, a toro pasado, escuchar aquello de: “yo en tu lugar hubiera…”, “No sé cómo no valoraste…”. Así somos.

Me viene a la cabeza lo que me decía el hijo (no digo tu nombre, tranquilo) de un empresario “qué fácil era cuando mi padre estaba al frente del negocio, criticarle… Roberto, qué bien vivía yo en la oposición!»

Los oráculos actuales expresan y legitiman nuestros deseos de pertenencia y seguridad. Basta pensar en contratar a grandes consultoras o prestigiosas escuelas de negocio para por si acaso fallan las cosas, argumentar que el trabajo lo hizo X, y claro, es que lo dijo X. La gran diferencia reside en que los oráculos actuales sosiegan, ya que no debemos preocuparnos ni pensar en interpretaciones. Nuestros oráculos giran en torno a agencias de calificación, de rating, de riesgos (Standard & Poor’s, Moody’s, Dagong Global Credit Rating, etc). Sus calificaciones valoran el riesgo de impago, el deterioro de la solvencia del emisor…, y les creemos a ciegas. Otros oráculos giran en torno a esos generadores de opinión (think tank); o personas de prestigio y ascendencia que dicen lo que piensan o venden su palabra, o líderes (influencer) en seguidores de facebook o twitter sin otro mérito que el populismo, …. En fin, todas esas cosas que durante la crisis hemos visto no valen para nada, y ahora se reposicionan sin dejarnos otros huecos en la mente. Todos ellos nos siguen moviendo, y tomando decisiones por nosotros, que es más cómodo, claro, pues la incerteza nos pone enfermos.

Hoy las ordalías en nuestras organizaciones, aquellas pruebas utilizadas en la Edad Media para comprobar si alguien era culpable, se traducen en nuestras organizaciones en muy poca o excesiva información, en inmediatez, renunciar a la congruencia, en pensar más en el accionista. aquello iniciático de la fuerza te acompañe, en la inseguridad primigenia que han de mostrar los héroes futuros. Y cuanto más grande es la organización y más alto estás, más has de pisar fuego, por si no eres devoto creyente de nuestra cultura y confianza.

Juzgamos con ordalías propias de cada cultura. Has de quemarte y salir indemne, ser capaz de alcanzar la meta, equivocarte y seguir sonriendo blanco networking, hacer que las masas suspiren, rogar a la visión empresarial esquiando los valores, mejorar tus competencias, sacrificar al hijo si es necesario.

Es evidente que nadie nos asegura el éxito, ni siquiera una decisión estudiada, serena, y ética. No es una promesa, como en el amor o el sexo. Nunca lo es.

Casi que seguimos igual que los griegos o los mesopotamos, empeorando el desprestigio de los dioses, o cuanto poco, el de los oráculos; si bien continuamos buscando lugares délficos a los que acudir en manada. Pero a diferencia de ellos, nos estamos quitando la interpretación, y en el fondo el deseo, o dicho de otro modo: nos situamos en la frontera de la deshumanización del deseo. Vivimos creyentes en los muros de las pantallas, escondiendo nuestra vacilación y los mismos miedos que los valerosos guerreros de la antigüedad. Seguimos necesitando-buscando seguridades, historias y tribus comunes y no comunes. Seguimos necesitando buscando seguridades, historias y tribus comunes y no comunes. Seguimos creyentes y necesitados de dioses y de leyendas. Ese es todo nuestro plan. ¡Qué poco hemos cambiado!


Para traducir lo que nos pasa y dibujar nuestros deseos, los sacrificios y los rituales griegos algo tienen que ver con los actuales. Cada tiempo transcribe los conceptos a comportamientos culturalmente aceptados, y les otorga herramientas. La costumbre, decía Diógenes, es la falsa moneda de la moralidad. En el mundo griego en vez de cuestionarse qué estaba mal realmente, la gente se preocupaba únicamente por lo que convencionalmente estaba mal. ¿Seguimos igual que ellos? Las lanzas, el maquillaje, los tuits son eso, una forma más de expresión, donde el rigor, la eficiencia, la pausa, …. el …. parecen denostarnos. Sin duda hemos cambiado nuestros tótems, pura simbología, de llevar animales en la cabeza y reunirnos desnudos a bailar frente al fuego, a móviles de última generación y las marcas (o copias) paseando por bulevares, que nos aportan esa seguridad antigua, esa confiabilidad y pertenencia al grupo. Tomamos muchas decisiones en el manantial anestésico de las marcas y la pertenencia.

Una diferencia reside en que los oráculos actuales sosiegan al no tener que preocuparte de interpretaciones. Hoy expresan y legitiman esos deseos de permanencia y seguridad. Basta pensar en estudios de investigación que legitiman unas hipótesis imaginarias, en contratar a grandes consultoras para por si acaso fallan las cosas siempre argumentar que el trabajo lo hizo X, y claro, es que lo dijo X.

Uno escapa del fuego, sí; y el criterio de la conciencia se limpia. Las gulas de hoy en día casi se llaman ONGs, Greenpeace, cenas solidarías, donaciones a la comunidad o a Cáritas, una bonita nota en prensa: así compramos nuestra salvación de todos nuestros errores, debilidades y pecados.

Ante esto, el deseo, o mejor dicho la pasión exacerbada parece no ser buena consejera en la toma de decisiones. Lo explica suficientemente bien Dan Ariely en De las Trampas del Deseo, cuando se pregunta en uno de los capítulos: ¿Decidimos lo mismo cuando estamos sexualmente excitados que cuando no lo estamos?, y el autor concluye y demuestra que “caliente significa en realidad mucho más caliente de lo que creemos”. Pero no es solo el sexo o el jadeo, la excitación acude de los mismos intestinos y en ocasiones del corazón, y esas cosas nos entorpecen o engrandecen. La ligazón de los deseos más primitivos (además del sexo, el poder y la riqueza) combinado a nuestras motivaciones primitivas nos lleva a la acción del YA por encima incluso de objetivos a largo plazo, hacia la frontera de la gratificación rápida y muchas veces menor.