Lenguajes Inventados

En 1930 Tolkien pronuncia una conferencia bajo el atrayente título de “Un vicio secreto” en el que una de sus conclusiones viene a decir que los lenguajes están muertos si nunca se inventa una leyenda en ellos, “la construcción de su lenguaje engendrará una mitología”. Sabemos que él sí que construyó todo un universo imaginario habitado por elfos, hadas, enanos,… que se mueven por paisajes y tierras medias, y cuentan y hacen cosas, lejos de las vidas y paisajes corrientes. Crea incluso un lenguaje y otras maravillosas artes que hacen tan irresistible y atractiva la historia. Desde entonces, esa forma de personajear y ensoñar es imitada por muchos.

También este escritor juega con palabras que va asociando irremisiblemente a conceptos, para que todos hablemos un mismo lenguaje y nos podamos identificar plenamente, así quien lo domina es como si fuera de los míos. No hay contrapesos, es seducción y autoengaño. Necesitamos la imaginación y el poder de la palabra para sentirnos protegidos en un entorno, que hacemos nuestro. Necesitamos la pertenencia como arma de utilidad, reconocimiento e inspiración.

De hecho, los imperios han gobernado a través de la estandarización de un idioma, así como las multinacionales han visto su expansión soportada por un idioma dominante. Hubo ensayos de lenguajes construidos que evitaran esa identidad étnica, como el lojban, esperanto, …idiomas artificiales, ideolenguas, o conlang, y todos fracasados en su intento de llegar a esa comunicación internacional guardando una neutralidad cultural, porque los idiomas, desde que hay hombres, también están en guerra y necesitan de la preponderancia clara, de la victoria. Por contra, los lenguajes de programación (que no son considerados ideolenguas propiamente dicho) son los que han ganado esta partida: los números y algoritmos todo el mundo los entiende, y ahora comienzan su imperialismo.
Poco imaginaría Tolkien que el lenguaje universal dominante sería la estadística, y menos aún que en su primacía no cuente con una narrativa común sino que cada colectivo engendra sobre ella una mitología. Son los datos, amigo mío, lo que importa, son la avaricia de cuantos más mejor, antes que el análisis y la acción. Particularmente me agradan más otros lenguajes, la sonoridad de aquellos inventados, tan útiles en el mundo al menos literario, cinematográfico y de ensoñación. A veces estos lenguajes frente a los naturales como que dan más credibilidad a las cosas; basta escuchar algo tan sonoro como el idioma klingon (Star Trek), o el idioma na’vi que hablaban los indígenas de Avatar, y es que parece no son las mismas conversaciones o el mismo sentido.
Los lenguajes y las palabras se crean. Cuando las empresas empiezan a crear su mundo y sus leyendas y dotarlas de distinción viene el denominador común que son los números, y todo lo unifica, todo lo traduce; de lo contrario ni existe. Las grandes corporaciones están hoy agradecidas por esta ayuda a su gobernabilidad global. Lengualizamos la estadística como una de nuestras diosas, obedecemos a las matemáticas en su creación de indicadores, y ahora comenzamos a observar más que curiosos a los algoritmos. Y a pesar de esta unificación, escuchamos idiomas diferentes cuando lo traducimos a palabras; o ante un mismo dato, no se genera la misma conversación en una planta de producción que en un despacho de un banco de inversiones.
Así pues, el lenguaje algorítmico nos brinda nuevas variantes en la comunicación, como hablar con un nuevo interlocutor, una máquina: “vamos, ahora no te me quedes colgado”, dándola animación en sí misma; o la utilizamos como escudo: “no, si yo no lo digo, lo dice la máquina”, y si el sistema se cae es como si no existiéramos, como si desapareciera nuestra alma. Es distinto a la renuncia de la responsabilidad personal, el “yo no lo digo, son las normas”, o el “habla con la oficina”, que igualmente violento es menos perturbador que las respuestas que ahora encaminamos a la máquina. Nos cambia nuestras conversaciones y aparecen otras al añadir a la máquina atributos no sólo ya hacedores sino pensantes. Traspasado el esfuerzo de memorizar y hacer, ya empezamos a que nos diga lo que hacer e incluso qué pensar, que ¿cuánto falta para escucharla lo que hemos de desear? Estamos precisados de inventar un nuevo lenguaje para mediar entre la máquina y el hombre, no ya el interfaz, y ampliar de paso el espectro profesional de los mediadores.
En fin, es la tecnología y el número quien domina la decisión, el espíritu y el alma en las empresas; desengañémonos, no es la organización su gran fuerza, ni siquiera el liderazgo, que está al servicio de la tecnología y el talento. Ha pasado al capital sin alma y a la tecnología con curiosidad la base del éxito, y las ideas solo tienen vida si van acompañadas de números y de algoritmos. Y éstos cada día son loados y narrados épicamente. ¡Ay, Tolkien y su secreto que ya no es vicio, sino cotidianidad!, pero su animismo retorna amalgamado completamente. Los enanos, elfos, espíritus, aguas sagradas, animales y árboles dejan de estar solos y dan paso al advenimiento de los objetos en este internet algorítmico de las cosas, de Todas las Cosas en red y número, donde se hibridan a un único espíritu animado y almado.

Publicado en Indicador de Economía, abril 2017