Ensayo del olvido (4/…)

Del acostumbramiento de lo cotidiano al hábito

Dicen que el hábito se adquiere tras la reiteración de un acto o un ejercicio repetido y repetido. Así es como muchos prometedores aseguran mejorar a las personas, entrenándoles en un hábito, o en quitarles los malos (o sea, los vicios). Garantizan que es cierto, que si haces algo 21 días seguidos (no sé por qué leo este número tan a menudo, ¿quién fue el primero que lo dijo?) o poco más, ya se te pega como una costra o un tatuaje. Lo cierto es que, si alguien no tiene disposición para algo, por mucho que practique no hará labor. La cabra tira al monte, y a una presión sale el carácter de forma natural, aunque luego se reprima y en algún caso pida disculpas. Incorporar conductas a lo cotidiano es algo complejo, y sólo se perpetúa cuando detrás subyace una verdadera motivación, deseo o propósito. O se descubre algo desconocido que puedes aprovechar.

El empuje de una rutina no se convierte siempre en hábito por mucho que estés entrenándolo semanas o meses. Ahora lo vemos (y comprobaremos) con este encierro, o como lo llaman casi todos, confinamiento. Confinar es obligar a alguien a residir en un lugar diferente al suyo, y bajo vigilancia de la autoridad. Vive desterrado, pero en libertad. La situación de más de un mes en la que llevamos se definiría mejor como una reclusión, una prisión en cierto modo voluntaria, aunque forzada a la vez, y con una libertad muy restringida. Salimos a comprar, a trabajar los que pueden, a sacar al perro y al hospital. Trabajar, para muchos, es como ir de una celda a otra, aunque les da el aire y mantienen la tonalidad. Teletrabajar, para muchos, es como vivir el exilio de la empresa dentro de su propia casa, a veces en condiciones precarias.

A lo largo de la vida hacemos cosas que no nos gustan, cierto, y no por eso cogemos el hábito, simplemente lo hacemos porque hay que hacerlo. Se aguanta. Te adaptas y acostumbras. Pero cuando volvamos a disponer de libertad, ¿vas a seguir actuando de la misma manera?, ¿realmente habrás asimilado todos esos nuevos hábitos que llevas practicando semanas o meses?, ¿qué quedará de ello? La cabra no es tonta, y si aprende algo valioso, lo utilizará.

La cotidianidad en la reclusión

Tengo el reloj parado a las 7:40 horas de no sé qué día, y no le cambio la pila, no porque no disponga de otra. Este transcurso prolongado de tiempo continuo empieza a hacer mella en muchas personas. En el enladrillamiento a que estamos sometidos, afloran flaquezas que van y vienen, en algunos su salud mental se resquebraja, y hay quien ha vuelto al hábito del alcohol, al juego o a la ruleta rusa. La cotidianidad se vuelve descuidada. Salvo si has de salir un momento o tienes una videoconferencia en la que te veas obligado a encender la cámara, much@s ni se afeitan/maquillan en días, deambulan por la casa con la mente en blanco o a colores, y qué decir de la ropa usada o la practicidad de ni vestirse, de la desorganización de los tiempos. Conozco quien ha recuperado la costumbre de comer sin cubiertos, a colocar y descolocar (a días alternos) armarios y fondos de armarios y limpiezas rígidas de cajones, adelgazado las pertenencias y recuperando viejas glorias y fotos, y encontrados objetos desconocidos. Otros han pintado y arreglado cosas, hasta que el material o ellos se agotaron. Mucha lejía y frotamiento. Internet y sofá.

Durante este tiempo estancado, otros se han creativizado en la cocina (y conocido productos increíbles), en las relaciones y conversaciones pendientes, en juegos de mesa o a distancia, en manualidades. Un segmento ha descubierto el mindfulness, otros el futurismo, y otros la marihuana, los ansiolíticos y el lormetazepam, pastillas para dormir. Mientras unos han retomado lecturas eternamente aplazadas otros dicen que leen. Otros retuitean tonterías, conciben noticias falsas, buscan un enemigo. Hay quien inventa cosas, desgasta canciones que empieza a aborrecer, ha visionado viejas películas y series nuevas. Y una vez aprendido, visto y analizado todo esto, poco más les queda, salvo aplaudir a las 20:00 h. y continuar hablando con su amigo imaginario, en la soledad de millones de hogares solos.

Todo ello, sucintamente, son rastros y huellas menudas sobre lo cotidiano que ocurre durante esta reclusión. Nos dan pistas sobre alguna de esas pautas que perdurarán en nuestra conducta, y en algunas formas de hacer negocio y de entender los productos/servicios. Lo que pase al acervo cultural se irá viendo en breve. Entre tanto, muchas empresas se han lanzado a investigar este cúmulo de experiencias en pro de mejorar, de sacar nuevos productos, de hallar nuevas maneras de utilizar sus juguetes, o de desentrañar negocios ocultos hasta ahora. A mí mismo me han interrogado por teléfono, enviado encuestas, y he participado en algún focus específico. Todo muy instructivo e higiénico.

El entorno

Estos días hemos recorrido calles desiertas y observado figuras de personas a las que apenas se distingue el rostro, tras sus rejas de cristal y cortinas. Muchísimos en soledad, montón en viviendas enanas, algunos en jardines de luces. Los hay que se construyen su mundo y los hay sin techo, como los que está retratando mi amigo Jordi Cohen en sus reportajes. Pero la visión de esas calles desiertas repele, angustia como las sepulturas sin nombre. Persianas bajadas, carteles apagados y polvorientos, vegetación por las aceras y en las mismas puertas de las tiendas y cafeterías a las que solíamos acudir. Es el paisaje del abandono. Y esas largas colas de personas esperando recoger una bolsa con comida que llevar a su cueva, el de la miseria.

El conformismo se soporta por el miedo en unos casos, y por un extraño sentido de obediencia en otros, acostumbramiento servil sin apenas cuestionamiento. Además, el trato por parte de algunos políticos es de un infantilismo casi psicopático. Por no hablar de determinados medios de comunicación. Queda, esto sí, un hecho maravilloso que descubrimos en cuanto al apego de lo que realmente echamos en falta. No es la atracción por lo material. Nos contenta un simple paseo al aire libre, un cruce de camino y mirada con un vecino, un soplo de noticia positiva y distinta al monotema. Descubrimos que con menos se puede vivir, y nos centra a reenfocar prioridades. (nota: ampliar este tema ligándolo con otros factores, como valores, propósito empresarial, …). Este tiempo nos quita por un lado mucha confortabilidad y en el anverso nos revela ciertas comodidades, como que te traigan comida a casa.

¿Es la visión de las calles vacías en las ciudades lo que deseamos para el después? Cualquiera de nuestros actos cotidianos individuales causa un interesante impacto, de igual modo en los negocios que circundan el paisaje como en el paisaje en sí. Por ejemplo, si no volvemos asiduamente a las tiendas, a los restaurantes o bares, a las oficinas, a …, es nuestra voluntad de influir en lo cotidiano. Enfrenta nuestro confort, nuestros miedos, o nuestros hábitos de compra y de trabajar anteriores, con la existencia de un tipo de vida practicado ahora, así como de configuración urbanística futura y demás aspectos de movilidad. Nuestros pequeños gestos diarios (si son mayoritarios) sí dan un valor de fortaleza, y modifican la fragilidad del sistema.
Relaciones sociales y laborales

Esta desaceleración momentánea que vivimos pierde espacio y nos permite conocernos mejor, reflexionar, adquirir conciencia, dejar un poco el automatismo en el que nos movíamos. Si bien, aun permitiéndonos este momento de calma y silencio, no creo lo echemos de menos.

Tanto sentimiento y emoción encontrado acabará quebrantando, en muchas personas, su sistema inmunológico, y derivará en patologías importantes: ansiedad, depresiones, estrés, insomnio, y un largo etcétera con repercusiones predecibles en el mundo laboral de cáliz medible: número de bajas médicas, nivel de productividad, lapsos en la concentración y coordinación, contagio de la tristeza/melancolía, aumento toxicidad, ambiente o clima laboral de peor calidad, falta motivación o ausencia de compromiso, …. Personas que están o necesitan estar, porque de algo han de comer. Las relaciones sociales y laborales se verán afectadas, y el aumento de la indiferencia se notará en las empresas.

De igual modo, sabemos de gente que se encuentra en su salsa, y no son pocos. Estos rehúyen el trato directo con las personas, viven en su habitáculo, enganchados a internet. Son auténticos ermitaños modernos que muestran un rechazo mediano o frontal a relacionarse con los demás. Los japoneses, que van adelantados un paso, han puesto hasta un nombre a este tipo de misantropía extrema, hikikomori. Existen estudios interesantes sobre sus costumbres, comportamientos, y su repercusión social y económica (nota: investigar + y escribir sobre este tema). También hay, menos diría, quien ha estrechado relaciones armoniosas en el seno de su hogar, y quienes al final del túnel se abandonarán al pasto de las ofertas de abogados que les divorciarán bajo formato de amigos para siempre. Prefiero no incluir agresiones, relaciones parasociales, u otro tipo de tópicos.

El tema es tan denso y rico que no acabaríamos nunca. Sólo citar a internet como gran aliado actual en la comunicación y desahogo. ¿Qué haremos luego con todos esos amigos virtuales que nos hemos echado? Las distintas aplicaciones son una salvación. Hasta podemos compartir mesa con nuestro familiar en la distancia, y sexo, y amor, y relax, y nuestros chistes. Sin embargo, la debilidad digital es grande. Es tan suave como un: “¡uy, se ha ido la luz!” Pasaríamos los dedos por la pantalla sin que diera resultado alguno, ¿cómo contactar, encontrar alimento, …? Hasta ahora tenemos la suerte de no sufrir ningún corte, ni de que ningún caco salga a robar cobre. ¿Qué sería de nosotros sin internet?, ¿qué sabemos realmente hacer?

Este es un gran experimento, ya lo dijimos. Se está recopilando mucha información sobre los hábitos relacionales, afectivos, de salud, de consumo, mentales, …, que será usada en el momento oportuno. Somos lo que hacemos repetidamente, dijo Aristóteles, con lo que las rutinas adquiridas nos transformarán de algún modo, y transformarán de igual modo nuestro entorno. Apuesto que principalmente incorporaremos aquello que nos genere comodidad, percepción de seguridad, y en cierto modo una forma más de vagancia o de placer.

Roberto García Casado (©) 2020
Director de Casado & López Consulting. Conferenciante.

_Vila-seca, 23.04.2020_

Publicado Diari de Tarragona, Economía & Empresas, 31.05.2020 (versión corta, bajo título: Del hábito al negocio)