Empresas sin rostro

«Rizó entonces sus alas, alzó el esbelto cuello y se alegró desde lo hondo de su corazón, jamás soñó que podría haber tanta felicidad, allá en los tiempos en que era sólo un patito feo» 

Entiendo la dificultad de hacer una descripción real que se ajuste al infortunio de las personas que pierden su rostro. No sólo las heridas físicas, son las del corazón, mente y alma las que desangran de sopetón, sin aviso. A partir de ahí los espejos se prohíben y la diferencia “repulsiva” se traduce en una huida a la soledad, una forma más, o a la exhibición en ferias como el caso de Joseph Carey, “el hombre elefante”, aunque en ese supuesto fue por el síndrome de proteus. Durante la Gran Guerra, en Sidcup (Inglaterra) pintaron de azul algunos bancos de los parques como un código que advertía de quien se sentara allí “no sería agradable de observar”. Así juega de duro el mundo de las apariencias y cánones. Quizás en las redes sociales actuales deberían existir también unas marcas azules cuando entras en terrenos y perfiles pantanosos (¿los hay?) que muestran la ingratitud de la naturaleza o emociones distintas a una sonrisa gratuita de dicha sin fin, como si la creencia falsa de ese mundo digital armónico ya descarte tragedias, tristezas, miedos, fealdad, ira, … Ah, ¿qué todo el mundo ha de poner lo mucho que hace, lo bien que le va, lo guapo que es? A lo mejor se debería crear una nueva red para expresar esos otros momentos, aunque sería sólo para valientes. ¿Acaso el postureo nos vence e imprime comportamientos inhumanos y esfuerzos adorativos hacia la imagen? Un poco de iconoclasia quizás sería conveniente.

 

La anaplastología se ocupa de restaurar la anatomía ausente, cierto. Es un trabajo a la vez científico y de orfebres. Es arte creativo, y como tal no sólo afecta a lo físico. En aquellos años de la Guerra se sumaron al trabajo de los cirujanos (como Sir Harold Guillies, pionero en la reconstrucción facial y en la cirugía plástica, por ende) un buen número de artistas, en especial escultoras como es el caso de Kathleen Scott, o mi preferida: Anna Coleman Watts Ladd, quienes mejoraban (esculpían) la apariencia de los soldados desfigurados mediante máscaras, que además incluían, con pelo natural, cejas, pestañas y si era el caso bigotes. Casi nada. Un trabajo por el que en 1932 fue nombrada Caballero de la Legión de Honor francesa. Eso daba esperanza, y cierta dignidad, a quien había perdido un ojo, la nariz o la mitad de su cara. Ese disfraz de la realidad también inyectaba autoestima, ánimos y fuerza. Era útil. Tan diferente del escaparatismo actual en el que muchos viven analógica y digitalmente.

Alguien superficial no verá más allá de la apariencia, y en eso parece se esté trabajando desde muchos ámbitos (no sé si coordinadamente), en potenciar una mirada desprotegida de crítica o razonamiento. De igual forma, la engañifa organizacional con la que se aproximan algunas empresas a esta pose da sensación de artificialidad, engaño, copia, ocultismo y empuja en el fondo a la homogeneidad, algo tan opuesto a la diversidad que se pregona, alardea y valora como principio en tantas compañías. Aunque ésta a lo mejor es una mera apuesta para la estadística: tenemos tantos chinos, tantos negros, tantos americanos y cinco mascotas; y esto sí, todos sonriendo para la foto, y escribiendo lo fantástico que lo hemos pasado en no sé dónde, o lo mucho que hemos aprendido en no sé qué actividad, o … sin salirse nadie del guion. Es integración, se dice. También es como decirte, pero ¿en qué mierda de empresa trabajo yo?, estoy perdiendo el tiempo aquí, he de ir inmediatamente a currar ahí. Entonces pasas el bautismo de firmar en el libro de los recién incorporados a nuestro proyecto feliz, y te regalan una camiseta, o te hacen tirarte por un balcón con colchón inflado abajo entre el jubileo de los compañeros, y te regalan una taza, o pasas cualquiera de las pruebas iniciáticas y divertidas que hacemos, y te regalan un florero. Tras ellas, ya pertenecerás a la tribu y tendrás tu foto o vídeo y los correspondientes comentarios en las redes. Aunque después, cuando rasques, quizás lo básico no funcione, nos falten epis adecuados para todos, no nos valoren por el mismo criterio, se tomen decisiones arbitrarias, se nos llene la boca de políticas conciliadoras y de género, el estilo de liderazgo requeriría ajustes, etc.

La imagen y apariencia desde luego que dicen mucho, y han de cuidarse, así como respetar determinados protocolos y tradiciones. También es cierto que el escaparatismo enlaza con la potencia de venta y de marca tanto como con la capacidad de atracción y experiencia del cliente y del empleado, pero no nos engañemos ante la simplicidad. ¿Hasta dónde es recomendable el sobeteo a que nos someten determinadas empresas y personas? La reiteración de mensajes, la repetición de fotografías parecidas, el corta pega de infografías, e incluso el copieteo salvaje de textos, las frases hechas y obviedades que se celebran como novedosas no sé si es un triunfo o que nos volvemos cada día más idiotas. Ese llamar la atención constante seguro tiene algo que ver con la falta de autoestima; como aquello de dime de qué presumes y te diré de qué adoleces (o a quién imitas). No me meto con el cotilleo, que forma parte de la salsa de la vida y tiene su utilidad bien usado, pero hay demasiada mala leche y/o ignorancia en muchas personas. Aun así, ¿cómo ir a contracorriente, si se vive mejor dentro del grueso de la campana de gauss?

En esta historia, como un universo de apariencia enfrentado a la realidad, o viceversa, los soldados menos afortunados, con su imagen destrozada, ya no podrían enfrentarse al mundo exterior sino fuera por personas como Anna Coleman, que utilizaron los medios y su talento con intención honrada. Y seguramente me dejo temas importantes por añadir (también por espacio, claro), así que me despido hasta dentro de un rato. A lo mejor, con suerte, antes de salir para la piscina alguien me indique alguno.

 

Roberto García Casado (©) 2019

Publicado en El Indicador de Economía _ septiembre 2019